Mes: febrero 2016

El fin soñado.

“Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.”

 El Sur     Jorge Luis Borges.

A Esteban (en algún lugar del cielo)

Dos acontecimietos cercanos en el tiempo me hicieron recordar ese cuento de Borges que nos hacían leer en la escuela.

Hace tres meses, nos avisan por varios medios (facebook, mensajes) que un familiar muy querido que había ido a pescar, luego de un accidente con su bote, estaba desaparecido. Por desgracia, y para nuestro dolor, lo encontraron en el río casi una semana después.

Unos pocos días atrás me comentan la muerte de una persona que conocí por razones laborales. La parte que no sabía de la historia es que con esa persona teníamos un gusto en común, la bicicleta. De hecho murió en una de sus habituales paseos en bicicleta.

Hasta ahora se preguntaran, adonde quiero ir con un tramo de un cuento y dos historias reales.

Es que en los dos casos, murieron haciendo lo que les gustaba, a uno pescar y al otro andar en bicicleta. Me dirán que no lo hicieron a propósito, obvio, ninguno sale a hacer algo placentero por el sólo hecho de morir en el intento. Lo pensaría al revés, disfrutar cada instante y hacer lo que uno le gusta, porque la vida no es para siempre.

Sin sospecharlo y tal vez sin haber leído el cuento de Borges la muerte los sorpendió haciendo lo que más querían. Tal vez no sintieron temor en el momento final, cuando supieron que no había ninguna esperanza. A lo mejor, y sin siquiera pensarlo, como Juan Dahlmann el personaje del cuento de Borges, habían elegido la muerte que tal vez hubieran querido o soñado.

 

 

 

 

¿Se debe volver a un lugar adonde se fue feliz?

    “Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver” Joaquin Sabina

Es una pregunta que no me sé responder, si es que tiene respuesta.

 

Creo que la primer relación de un lugar donde se fue feliz, son esos parajes de las vacaciones idílicas de la infancia, o un sitio de veraneo que conservamos en el dulce arcón de los recuerdos. Esos recuerdos de la infancia que nos acompañan con persistencia, y siempre estan teñidos de una fascinación que la memoria ha ido perfeccionando a lo largo de los años. A veces a costa de la fidelidad de los hechos. En muchas ocasiones los recuerdos difieren del hecho real y nos encontramos con que las cosas han cambiado.

Como decía un filósofo (1)”No nos bañamos dos veces en las aguas de un mismo río” Porque el agua es otra, el tiempo es otro y “nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”(2)  Y eso ya no lo dijo un filósofo sino un poeta.

Volviendo al tema del título, se puede pensar en volver de vacaciones o de visita a un lugar adonde uno lo haya pasado bien o la experiencia haya sido grata. En ese caso puede suceder que la segunda visita ya no tenga el mismo glamour. Al ir por segunda vez a un lado pierde sorpresa porque ya se sabe con lo te vas a encontrar. O que simplemente las condiciones que en esa primera ocasión fueron óptimas no se repitan, y la vuelta ya no sea lo que se esperaba.

Por el contrario, y de eso estoy seguro, nadie en su sano juicio volvería a un lugar adonde lo pasó definitivamente horrible o haya tenido una experiencia desagradable. Se podría pensar que uno es injusto, pero es mejor no correr riesgos y que te vaya mal de vuelta.

Entonces les dejo la pregunta, ¿Se debe volver a un lugar donde se fue feliz?  Joaquin Sabina ya me respondió, ahora espero sus respuestas.

Referencias

1 ) Heráclito

2) Pablo Neruda “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”(Poema 20)

Anécdotas del pago chico.

Basado en un hecho real.

Esta simple historia ocurrió hace unos años. En ese momento viajaba un par de veces a la semana a una localidad vecina a dar clases. Una localidad donde a pesar de tener más de 6000 habitantes y ser cabeza de partido, toda la gente se conoce.

Yo que nací y viví muchos años en Buenos Aires antes de mudarme al interior, disfruto enormemente de ese estilo de vida, donde las tardes pasan sin apuro, se toma un mate con los vecinos, y se van por la calle que costea la vía acompañando al sol hasta el horizonte.

La plaza principal era bastante amplia y estaba rodeada de una frondosa arboleda. Frente a la plaza, como corresponde a todo pueblo, había una iglesia que se me antojaba de estilo románico (no soy arquitecto, pero para pertenecer a ese estilo la iglesia debería tener diez siglos y ser de piedra) El pequeño detalle es que los pueblos de esa zona apenas pasan los cien años y la iglesia era de ladrillos.

En las tardes, cuando el sol no quemaba ni hacía mucho frío, me sentaba en un banco frente a la iglesia “románica” a leer.  Los pájaros que recién se levantaban de la siesta le ponian su particular música a la tarde. A esa hora pasaban muy pocos autos y  por lo general la plaza estaba desierta.

Un día, mientras cumplia con mi ceremonia pagana de la lectura, de pronto, en medio de esa paz sentí una presencia. A veces uno sin mirar, nota o siente que lo están observando, eso fue lo que me ocurrió esa tarde. Tal vez la ciencia algún día logre descubrir porque uno percibe cuando alguien te mira. Levanté la vista del libro, y una niña de cinco ó seis años aproximadamente que estaba a unos pocos pasos me miraba con curiosidad. Mientras mantenía los dos pies juntos, balanceaba el torso y movía sus brazos de un lado hacia el otro.

Dado que en esa época yo usaba la barba larga, supuse que le llamaba la atención mi aspecto….pero había algo mas.

Sin cerrar el libro, la miré esperando su reacción, me imagine que iba a salir corriendo. Los cuentos del viejo de la bolsa y todo eso. Parece que nunca le habían contado ese tipo cuentos porque me dedicó un simpático ¡HOLA!, y ese hola sirvió de prólogo para un divertido e inesperado interrogatorio.

  • ¿QUE HACES?

Me preguntó mientras señalaba el libro con un movimento de la cabeza. Le respondí que estaba leyendo, y mientras preparaba un pequeño discurso sobre la importancia de la lectura en los niños y lo bello que es leer, llegó la segunda pregunta:

  • VOS QUIEN SOS?, ¿VOS NO SOS DE ACA? entrecerraba los ojitos mientras negaba con la cabeza y con cara de haber hecho un gran descubrimiento.

Allí estaba su duda, evidentemente yo no figuraba en el padrón de caras raras del pueblo, ergo venía de otro lado.  Y por supuesto esa fue su tercer pregunta.

  • VENGO DE TRENQUE LAUQUEN.

Con un gesto pude ver que por lo menos conocía de donde venía. Intenté preguntarle algo, si tenía familiares o algo pero, disparó la próxima frase. Era evidente que era ella quien dirigía la conversación,  y que no me iba a dejar meter una pregunta.

Siiiii , A mi me gusta Trenque Lauquen, con mi mamá vamos muy seguido a Trenque Lauquen porque en Trenque Lauquen venden ZAPATOS……

Mi silencio acompañó la quietud de la tardecita, mientras tanto procesaba mi sorpresa.         Seguramente había entendido mal. Recordé rapidamente que por la calle de la terminal había un comercio que vendía zapatos y otras cosas. Se me ocurrió que podría tener algún problemita en el pie y usara algún tipo de zapato ortopédico o plantilla, pero a simple vista caminaba sin ninguna dificultad.

  • ¿QUE TE QUEDASTE PENSANDO?

La última pregunta me sacó de la nube de imaginar situaciones, y como ahora la curiosidad corría por mi parte, pude concretar finalmente una pregunta….

  • ¿Porque me decis eso? ¿no entiendo? ¿Si por la calle de la terminal tienen………?

Adivinó la pregunta al vuelo. Levantando los hombros me dijo como la cosa mas natural del mundo:

  • SI, ZAPATOS ACA VENDEN, ¡PERO LOS ZAPATOS DE ACA NO ME GUSTAN!

Antes que pudiera responder, salió corriendo en dirección al  llamado de la madre que le hacía señas desde la esquina de la plaza. Cuando llegó junto a la madre la mujer le dijo algo por lo bajo. Luego la señora me saludo mientras seguían caminando.

Gracias a Dios no tenía ninguna dificultad en los piecitos, era simplemente un poco de coquetería.